Reuniones eternas y todo para ayer: ¿dos síntomas de un mismo problema?

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Hace unas semanas preguntamos en LinkedIn qué hábito poco útil os gustaría hacer desaparecer de vuestros equipos. Las respuestas fueron claras: "todo para ayer" obtuvo el primer lugar, seguido de cerca por "reuniones eternas". Y uno de vuestros comentarios nos hizo pensar: conocemos estos problemas pero, ¿cómo se solucionan? La respuesta no es una receta mágica. Como todo, depende del contexto, de cuál es la raíz del problema, de si existe seguridad psicológica...

"Todo para ayer": anatomía de la falsa urgencia

¿Por qué sucede?

La cultura de urgencia constante tiene múltiples orígenes, y rara vez se trata de un único culpable. Por lo general, este tipo de cultura se encuentra en organizaciones donde "actividad" es sinónimo de "progreso". Como consecuencia, la presión por mostrar los resultados visibles genera un ciclo de demandas urgentes que desplazan el trabajo estratégico.

Un primer factor es la presión de mercado real pero mal gestionada. Vivimos en entornos competitivos que exigen rapidez, pero muchas organizaciones convierten esa presión externa en caos interno por falta de sistemas de priorización efectivos. La urgencia del mercado se transmite sin filtros a todos los niveles, creando "urgency theater": todo parece crítico porque no existe claridad sobre qué realmente lo es.

La falta de planificación estratégica es otro catalizador evidente. Daniel Kahneman, en Thinking, Fast and Slow, explica cómo los sesgos cognitivos nos llevan a sobrevalorar lo inmediato frente a lo importante. En contextos organizacionales, esto se traduce en roadmaps reactivos donde cada solicitud nueva se percibe como urgente porque no existe un marco de referencia estratégico que permita evaluar su verdadera prioridad. Teresa Torres, en Continuous Discovery Habits, argumenta que sin un sistema continuo de validación de oportunidades, los equipos operan en modo bombero: apagando fuegos sin entender cuáles son realmente importantes.

Pero hay una dimensión menos visible: la cultura de heroísmo. En muchas organizaciones se valora y recompensa implícitamente a quienes "hacen lo imposible" trabajando a contrarreloj. Glorificar el esfuerzo extremo convierte la urgencia en moneda de valor profesional. Si terminar proyectos en tiempo récord te hace destacar, el sistema incentiva la creación artificial de urgencias.

El micromanagement disfrazado de agilidad es otra causa recurrente. La transformación ágil promete autonomía, pero en la práctica, algunos líderes utilizan la "necesidad de alineamiento constante" como mecanismo de control. Hay una delgada línea entre involucrarse con tu equipo y llevar a cabo una supervisión obsesiva. Esta supervision puede generar revisiones constantes "urgentes" que fragmentan el trabajo y crean presión constante.

El factor miedo también es importante. Dependiendo de la cultura, puede haber un miedo organizacional a decir "no". Muchos product managers y líderes carecen del respaldo o las herramientas para rechazar solicitudes, incluso cuando saben que carecen de valor estratégico. En estas organizaciones cada petición de stakeholders puede convertirse automáticamente en urgente porque no existe capacidad de negociación ni criterios claros de rechazo.

Y puede haber otros muchos factores, por eso lo fundamental en estos casos es conocer primero el por qué. Ya no sólo para encontrar una solución que sea adecuada, sino para evitar las consecuencias de estos síntomas. Porque cuando todo es urgente, todo es bajo presión. El estrés que esto genera en el equipo a largo plazo puede convertirse en burnout. Y las decisiones tomadas bajo presión no siempre son de la mejor calidad. Por no hablar de la pérdida progresiva de la capacidad para planificar de forma estratégica.

¿Qué hacer?

La respuesta depende de tu nivel de influencia en la organización y del tipo de cultura de la misma. Sin una seguridad psicológica los cambios van a ser mucho más complicados de aplicar, especialmente si tu nivel de influencia es bajo.

Poca autoridad formal

Tu margen de maniobra es limitado, pero no inexistente. La estrategia principal es hacer visible el coste de la urgencia constante sin señalar con el dedo.

Una táctica eficaz es hacer preguntas durante las reuniones. Aquí entra en juego tu habilidad de comunicación y la elección del lenguaje. Parece muy obvio, pero el lenguaje que utilices, el tono e incluso el momento pueden jugar a favor o en contra. Como en cualquier interacción humana, cuánto más amable, claro y respetuoso, mejor. Y, aún así, es probable que las preguntas incomoden; no todo el mundo está acostumbrado a la incomodidad.

Otra opción es aplicar el principio de documentation over escalation. Aquí se aplica eso de "dato mata a relato". Mantén un registro simple pero visible del trabajo entrante: qué llega, cuándo, y cómo afecta al plan existente. No como queja, sino como información. Con el tiempo, los patrones se vuelven evidentes y la conversación sobre priorización se vuelve más fácil porque los datos hablan por sí mismos.

También puedes experimentar con micro-compromisos de enfoque. Si trabajas en sprints, negocia ventanas de tiempo donde el equipo no acepta nuevas urgencias salvo criterios muy específicos. Es una versión del "bug triage": establecer umbrales claros de lo que justifica interrumpir el trabajo en curso.

Con influencia a nivel de equipo o producto

Aquí la palanca principal es institucionalizar sistemas de priorización transparentes y criterios objetivos de urgencia. El modelo WSJF (Weighted Shortest Job First) ofrece un método útil: evaluar el coste del retraso frente al tamaño del trabajo. No es perfecto, pero fuerza conversaciones basadas en datos.

Chris Matts introdujo el concepto de Cost of Delay precisamente para cuantificar urgencias. Si una funcionalidad "urgente" tiene un coste de retraso bajo (perderemos poco, si esperamos una semana), entonces no es realmente urgente. Hacer este ejercicio explícito con stakeholders cambia la naturaleza de las negociaciones.

También puedes implementar "opportunity solution trees" adaptados a tu contexto: árboles de decisión donde cada solicitud se evalúa contra los objetivos estratégicos del trimestre. Si no conecta claramente con un objetivo, no es prioritaria (independientemente de quién la pida).

La técnica de capacity planning visible también es otra opción. Si stakeholders pueden ver tu backlog y la carga actual del equipo en tiempo real (herramientas como Jira, Linear o Monday permiten esto), las conversaciones sobre urgencia se vuelven más honestas. Es difícil exigir que algo sea urgente cuando todos ven que el equipo ya está al 120% de capacidad.

Con autoridad organizacional o acceso directo al liderazgo

Aquí la responsabilidad es crear las condiciones sistémicas que eliminen la necesidad de falsa urgencia. Las organizaciones de alto rendimiento no trabajan más rápido porque todo sea urgente, sino porque tienen sistemas que eliminan trabajo innecesario y reducen dependencias.

Un cambio cultural crítico es redefinir métricas de éxito. Si actualmente se valora "velocidad de entrega" sin considerar calidad o impacto estratégico, estás incentivando la cultura de urgencia. Métricas como "tiempo hasta aprendizaje validado" cambian el juego: ya no se trata de hacer rápido, sino de hacer lo correcto.

También necesitas proteger explícitamente el tiempo para trabajo estratégico. Reservar un 20-30% del sprint para deuda técnica, refactoring o exploración es un mensaje cultural claro: no todo es urgente, y hay inversiones de largo plazo que importan.

Pero si prefieres algo más enfocado en lo personal: sienta un precedente. Si tú mismo envías mensajes urgentes a las 23:00 o pides cambios de último minuto, estás dando permiso implícito para que la urgencia sea la norma. Ser claro sobre prioridades, sobre qué no haremos, y por qué, es un acto de liderazgo.

"Reuniones eternas": el teatro de la colaboración

¿Por qué sucede?

Las reuniones improductivas son síntoma, no enfermedad. Entender sus causas requiere mirar más allá del "facilitador incompetente", aunque ese sea un factor.

La falta de habilidades de facilitación es real y documentada. Un estudio de la Harvard Business Review de 2017 por Michael Mankins encontró que ejecutivos gastan en promedio 23 horas semanales en reuniones, comparado con menos de 10 horas en los años 60. Pero el problema no es solo la cantidad, sino la calidad: la mayoría de profesionales nunca recibieron formación en cómo diseñar o facilitar reuniones efectivas. Damos por hecho que saber convocar una reunión es intuitivo, cuando en realidad es una habilidad compleja.

Pero hay dinámicas más profundas. La inseguridad organizacional juega un papel crucial. En culturas de baja confianza, las personas asisten a reuniones no porque sean necesarias, sino porque temen que "si no estoy, no tendré visibilidad" o "si no participo, pueden tomar decisiones que me afecten sin consultarme". La falta de seguridad psicológica puede convertir las reuniones en mecanismos de auto-protección.

La confusión entre colaboración y control es otro patrón. Algunas organizaciones adoptan herramientas colaborativas y multiplican reuniones creyendo que más interacción equivale a mejor alineamiento. Pero existe una diferencia fundamental entre trabajo colaborativo valioso y "trabajo de simulación" que da apariencia de productividad sin generar valor real. Las reuniones se convierten en performance de actividad.

La ausencia de claridad en responsabilidades también perpetúa reuniones innecesarias. Si nadie sabe quién decide qué, las reuniones se convierten en el espacio por defecto donde se resuelve esa ambigüedad. Es decir, en reuniones de "alineamiento" que en realidad son negociaciones de poder disfrazadas.

También es habitual que algunas reuniones persistan por inercia institucional. Fueron creadas con un propósito válido hace meses o años, y nadie se ha parado a pensar si siguen siendo necesarias. Es el síndrome "this is how we've always done it": rutinas que sobreviven a su utilidad por pura falta de cuestionamiento.

Independientemente del por qué, las consecuencias son claras: se acumula fatiga cognitiva, hay una fragmentación sistemática del trabajo profundo, y esa sensación constante de estar ocupado sin producir nada significativo. Un coste tanto personal como económico para la organización.

¿Qué puedes hacer?

De nuevo, el enfoque varía según tu posición y según el tipo de cultura en la organización.

Sin autoridad formal

Tu objetivo principal es proteger tu tiempo sin ganarte la reputación de "difícil" o "no colaborativo". Requiere tacto político.

Una estrategia útil es el "pregunta en privado antes". Si te invitan a una reunión cuyo propósito no está claro, contacta al organizador antes y pregunta: "¿En qué puedo prepararme para aportar más valor en la reunión?". Dos cosas pueden pasar: o te da contexto útil que mejora tu participación, o se da cuenta de que quizás no necesita tu presencia. .

Durante reuniones que se descarrilan, puedes usar "reformulación constructiva": "Si entiendo bien, al final de esta conversación necesitamos decidir X. ¿Estamos de acuerdo?". No estás cuestionando la reunión, estás ayudando a enfocarla. Es liderazgo sin autoridad formal.

También puedes aplicar el principio de "limitar tu disponibilidad estratégicamente". Si bloqueas horas específicas en tu calendario para trabajo profundo y las respetas consistentemente, con el tiempo la gente aprende cuándo estás disponible para reuniones. No es rechazo, es gestión profesional de tu tiempo.

Con influencia a nivel de equipo

Aquí puedes rediseñar cómo funcionan las reuniones en tu ámbito de control.

Empieza aplicando el "principio de documentación primero". Antes de convocar una reunión, escribe: objetivo específico, decisión a tomar o entregable esperado, lista de participantes necesarios (no invitados, necesarios), y agenda con tiempos. Si no puedes completar este documento en 5 minutos, probablemente no necesitas la reunión.

Experimenta con formatos alternativos. Amazon es famosa por sus "six-page narratives" que se leen en silencio al inicio de reuniones. El formato fuerza claridad de pensamiento y elimina presentaciones de PowerPoint que consumen tiempo sin aportar valor. Jeff Bezos argumenta que escribir es pensar: si no puedes escribirlo claramente, no lo has pensado suficientemente.

Otra técnica poderosa es el "standing meeting audit": cada trimestre, revisa todas las reuniones recurrentes de tu equipo. Para cada una, pregunta: ¿sigue siendo necesaria? ¿Está logrando su objetivo? ¿Podría ser un email? Si la respuesta no es un "sí" rotundo, cancélala por un mes a modo de experimento. Casi siempre descubres que muchas no se echan de menos.

También puedes implementar "optional attendance" explícito: indicar en la invitación quién es realmente necesario y quién es opcional. Esto da permiso social para declinar sin culpa.

Con autoridad organizacional

Tu trabajo es crear normas culturales que hagan innecesarias las reuniones improductivas.

Un cambio radical pero efectivo es establecer "meeting-free days" o bloques protegidos. Shopify famosamente canceló todas las reuniones recurrentes de más de 3 personas en enero de 2023, argumentando que solo 3 de cada 10 reuniones aportan valor. Fue drástico, pero forzó conversaciones honestas sobre qué reuniones realmente importaban.

Otra palanca cultural es entrenar a todos los managers en facilitación efectiva. No como curso opcional, sino como competencia core evaluable. Si lideras personas, necesitas saber diseñar y facilitar reuniones.

También necesitas crear sistemas de responsabilidad. Si alguien convoca una reunión sin agenda clara, su manager puede (amablemente) pedirle que justifique por qué es necesaria. No es castigo, es accountability. Con el tiempo, el estándar de calidad sube.

Y, de nuevo, ten en cuenta tu comportamiento. Si tú como líder cancelas reuniones cuando pierden utilidad, si envías documentos previos en lugar de usar la reunión para presentar, si terminas reuniones antes de tiempo cuando el trabajo está hecho, das permiso cultural para que otros hagan lo mismo.

La verdad incómoda

A veces estos problemas no se pueden resolver desde nuestra posición. Si trabajas en una organización donde la urgencia constante viene de decisiones de liderazgo ejecutivo, donde la falta de estrategia es sistémica, o donde la cultura de reuniones está profundamente enraizada en cómo opera el poder, tus opciones individuales o incluso de equipo son limitadas.

Esto no es derrotismo, es realismo. Como dice Kim Scott, parte de crecer profesionalmente es reconocer cuándo estás en un entorno que no te permite hacer tu mejor trabajo, y cuándo es momento de buscar uno que sí lo haga.

No todas las batallas se pueden ganar, y reconocer eso es parte de la madurez profesional.

¿Hay un patrón común?

Tratando ambos problemas por separado, hemos contrado patrones comunes que nos llevan a preguntarnos si tienen algo en común o están conectados de alguna forma. Nuestra hipótesis es que ambos pueden ser síntomas de un problema estructural más profundo: organizaciones que sustituyen claridad estratégica con ruido operativo. Cuando no hay claridad sobre qué importa realmente, todo parece urgente y todo requiere alineamiento constante.

Si una organización no tiene criterios claros de priorización, cada nueva solicitud se percibe como potencialmente crítica. Eso genera urgencias. Y cuando todo es urgente, necesitas reuniones constantes para "alinear", "sincronizar" y "decidir". Las reuniones se convierten en el mecanismo por defecto para gestionar la ambigüedad.

Además, ambos patrones pueden ser síntomas de baja confianza organizacional. En entornos de alta confianza, las personas pueden tomar decisiones autónomas sin necesitar aprobación constante (menos reuniones) y pueden negociar prioridades abiertamente (menos falsas urgencias). Cuando la confianza es baja, ambos mecanismos sirven como formas de control: la urgencia para forzar acción, las reuniones para supervisar.

También comparten un enemigo común: la fragmentación del trabajo profundo. El trabajo de valor requiere concentración sostenida. Tanto las interrupciones de urgencias constantes como las reuniones fragmentadas destruyen esa capacidad. Y curiosamente, la pérdida de trabajo profundo puede generar un círculo vicioso: como los equipos no pueden avanzar en trabajo complejo, recurren a más reuniones para "coordinar" trabajo que se ha vuelto necesariamente superficial.

Pero la conexión no es clara. Podemos imaginar organizaciones con urgencias reales del mercado (alta competencia, regulación cambiante) que mantienen excelente gestión de reuniones. O empresas con culturas de reuniones excesivas por consenso cultural pero con sistemas robustos de priorización.

En definitiva, no tenemos respuestas definitivas sobre si "todo para ayer" y "reuniones eternas" comparten siempre una raíz común. Lo que sí sabemos es que ambos son síntomas de disfunciones organizacionales más profundas, y que tratarlos como problemas de "gestión del tiempo" individual es quedarse en la superficie.

El primer paso, siempre, es hacer visible el problema. Documentar, medir, preguntar. Y luego, actuar desde donde puedas actuar. Con pequeños experimentos, si no tienes autoridad. Con cambios de equipo, si tienes influencia. Con transformaciones culturales, si lideras organizacionalmente. O con la decisión de buscar un contexto mejor, si ninguna de las anteriores funciona.

En vuestras organizaciones, ¿estos problemas aparecen juntos? ¿Habéis observado que resolver uno ayuda con el otro? ¿O son completamente independientes en vuestro contexto?

Bibliografía

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