El Manifiesto coloca a los individuos y su interacción por encima de los procesos y las herramientas, y Agile Bedrock lo lee como una observación económica, no como un romanticismo: en el trabajo del conocimiento, la calidad del resultado depende más del conocimiento tácito de las personas que de la calidad de los procesos. Ese conocimiento es «personal, específico del contexto, y por tanto difícil de formalizar y comunicar»: no cabe en un procedimiento, por detallado que se escriba. De ahí que los equipos autogestionados sigan siendo el corazón de la agilidad, no porque no necesiten dirección, sino porque esa dirección debe venir del conocimiento del trabajo y no de la jerarquía. Cuando quien no hace el trabajo decide cómo debe hacerse, se pierde la capacidad de adaptación local. El reparto que funciona deja el qué y el para qué a quien define el valor, y el cómo a quien tiene las manos en el sistema.
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